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Un Año para Cultivar la Consciencia

Hacinamiento, puestos de hidratación vacíos, poca asistencia médica, reventa de entradas; la crónica de que las cosas mal hechas, mal acaban.

La fecha depositaba la confianza de muchos amantes del progressive house en la presentación de Sasha en Arroyo Seco (Santa Fe, Argentina), más precisamente en Punta Stage, organizado por Live Art. Era la oportunidad de organizarte con tus amigos la mejor manera de arrancar el año, armar una hoja de ruta, la última cena, el brindis y vivir una noche inolvidable.

Claro que, esta vez, nada fue como se esperaba.

Colectivos estacionados en triple fila, ningún control policial, gente revendiendo y comprando tickets, ninguna indicación de la entrada hasta que te topabas con un embudo de personas, quejándose e insultando a la organización. Dos ambulancias hacían de vallas para que, de a una por vez, las personas fueran ingresando al predio.

El “tipo de seguridad” de la entrada, superado por la situación -éramos cientos queriendo entrar y él solo pidiendo tranquilidad-, dijo en un momento de tensión: “Esto es peor que la cancha”. Cerca de las tres de la mañana llegamos al NO cacheo: una mujer apura todo, corta el ticket y nos dice: “Disfruten la fiesta chicos”.

Recorremos el lugar, no mucho porque ya estaba repleto y era mejor asegurarse un espacio donde poder disfrutar del show. El predio, cincuenta por ciento techado y el otro cincuenta, al aire libre. Ideal para una noche de verano, cielo despejado y la compañía de las estrellas. Pero no. Cuando planeamos el viaje con mis amigos, jamás pensamos que una tormenta podría arruinarlo todo, y así fue.

Nosotros teníamos el precinto que te daba acceso al VIP, un ambiente raro, con minoría de gente alegre e inclusiva: allí prevalecían las caras enojadas que buscaban (y a menudo encontraban) pelea. Entre el clima hostil que se vivía y los rayos de la tormenta, fuimos por un refugio bajo techo, por un viento mejor.

Cuando, minutos después, se largó una lluvia torrencial, todos buscaron asilo en la parte techada. Si la capacidad ya estaba sobreexplotada, ahora era un caos. La preocupación constante y la incomodidad que genera que muchos jóvenes caminen en fila india pisándose y empujándose, de un lado a otro, impiden poner la atención en la música.

“No hay más agua”. El murmullo era cierto. Las botellas que costaban cincuenta pesos argentinos se agotaron a mitad de la noche. Ni siquiera había agua en las canillas del baño. Lo único refrescante era la lluvia. El calor, la humedad, la falta de agua, el hacinamiento: hubiera o no tomado alguna sustancia, desmayarse era más que una opción.

Me agarro la cabeza mientras pienso en que, seguro, Sasha estaba demostrando toda su calidad y maestría, pero no pude conectar con el set en ningún momento. Era imposible relajarse. Cuidaba mis bolsillos, trataba de acomodarme, lo lograba dos minutos y enseguida el malón empujaba y generaba una nueva avalancha. Así, durante toda la noche.

La única esperanza era que la lluvia parase, pero ni eso. Lo que quedaba era esperar el final, aplaudir por respeto a Sasha que, estoy seguro, percibía el malestar generalizado y trató de darle, con su experiencia, una buena imagen musical a todo lo demás que era un desastre.

A las siete y tres minutos, la pesadilla llegaba a su fin. No esperamos un segundo más y encaramos hacia la salida, directo al micro. En el camino nos cruzamos con cables de alta tensión en el piso, inundado por charcos que habían dejado las intensas lluvias, y un montón de personas descalzas completamente mojadas.

Hay más.

Desde arriba del micro vimos cómo dos grupos discutían hasta que comenzaron las piñas. La Policía -dos mujeres- trataba de parar la batalla. Una de las oficiales comenzó a disparar balas de goma. Escuché tres tiros y mi desconcierto era total. Llegar al hotel donde nos hospedábamos en Rosario fue lo mejor que nos había pasado en la noche.

Pasaron los días y todos los titulares hablan de los dos jóvenes que murieron en la “música electrónica”. Me duele pensar que no aprendemos, que nueves meses atrás, lo que dura un parto, cinco chicos murieron en la Time Warp por motivos similares.

Necesitamos generar una verdadera autocrítica para evolucionar y dejar de echarle la culpa a la música.

Ser conscientes de que no estamos solos, de que somos seres cooperativos, de que necesitamos del otro. Ser conscientes de que la música es compartir, es aprender, es crecer, es saber valorar. Ser conscientes de las cosas que consumimos y de que, si algo te genera una adicción, lejos de liberarte, te ata. Ser conscientes de investigar, instruirse, cuestionar y no dejarse manipular. Ser conscientes, los más adultos que asisten a la escena, de orientar a quienes recién comienzan en el mundo de la música electrónica. Ser conscientes de que existen programas para reducir riesgos, como en España, que mediante “Energy Control” ofrece información sobre cómo reducir los riesgos.

Ser conscientes de que Giuliana (20) y Lucas (34) podrían haber sido un amigo, un hermano, un hijo, y que recordarlos significa analizar con firmeza quiénes somos, quiénes estamos siendo y quiénes queremos ser.

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